" ¿Qué estoy haciendo al escribirte? Estoy intentando fotografiar el perfume" Clarice Lispector






lunes

el espejo de la señorita amelia

El de las flores grandes me parece demasiado llamativo. Y el vestido rojo no me queda como antes. No me queda mal pero ya no estoy para colores tan fuertes. Es que en invierno es más fácil. Siempre lo mismo cuando empieza el calorcito. Comencé a preocuparme cuando noté que todos se habían enterado. No sé porqué acá los rumores corren como agua. No se quien lo dijo. Ni como se enteraron. Yo no hablo con nadie. Sólo lo necesario. Y que yo sepa nadie que me conozca de antes estuvo por aquí. Es un misterio como corren los chismes en este pueblo. Pero me di cuenta que lo saben por la manera en que me miran. Nunca me prestaron tanta atención como ahora. Estas almohaditas rellenan bien. Tuve que arreglármelas para fabricarlas yo misma, si no acá enseguida se sabe todo. Igual no sé como se enteraron. Este celeste con rositas chiquitas es el menos escotado. No sé para qué me compro estos vestidos si después no los uso. Pero es que si estoy muy abrigada en esta época se me nota más. ¿No tiene calor, señorita Amelia? Y me miran justo acá. Una vez leí que no somos esto que vemos en el espejo. Que nosotros nos vemos así pero que los demás nos ven de otra manera. Ojalá. Igual si dibujo así, así, así y así siguiendo el contorno entonces ya no me falta nada. Tampoco es cierto que el espejo es el reflejo de la verdad, también la verdad se puede modificar en el espejo. Desde ese día me pareció como que a todo le faltaba algo. Todo está incompleto. Como a medio terminar. Cuando le dije que no lo quería mas, que prefería estar sola yo sabía lo que me iban a hacer. Tuve mucha vergüenza pero si él me hubiera preguntado a lo mejor le hubiera contado. Sin embargo me abrazó como sabiendo algo y nunca mas lo vi. Cuando llegué esa mañana de invierno y vi desde la estación la bruma que cubría el pueblo pensé que éste era un buen refugio. Es como si uno desapareciera del mundo. Hay que atravesar la bruma para verlo y una vez aquí adentro ya no se puede volver a ver lo que hay afuera. En la biblioteca al principio casi no me hablaban . Siempre las mismas palabras: buen día, el nombre de un libro, hasta mañana. Creí que no se me notaba. Hasta que comenzaron a hacerme preguntas ¿De dónde es señorita Amelia? ¿Por qué vino a vivir acá? ¿No le gusta ir al baile señorita Amelia? Y se me acercan como queriendo ver algo. Los otros días cuando fui al correo y tuve que pasar por el club los que estaban sentados afuera me miraban como si quisieran desnudarme. Adiós señorita Amelia, apúrese que ya se viene el agua. Los miré de reojo y los vi a todos como cortados por la mitad. A lo mejor el vestido azul todavía está bien para esta época aunque tenga mangas largas. Sí, me pongo éste. Voy a llegar tarde si no me apuro. Nunca llegué a la biblioteca después de las nueve. Son estos días en los que empieza el calorcito que me cuesta decidirme.

mamá querida


no se de que color pintar la chimenea porque me parece que no debe ser igual que todo el barco. una chimenea larga es para que se vea cuando está llegando al puerto y si esta oscuro debe tener una luz y un color brillante así la ven. este barco tiene muchas ventanas. justo se me rompió la punta del celeste y con tanto mar para pintar. a veces el mar está negro, una vez lo vi en un libro, pero prefiero pintarlo de celeste. con cuidado dijo papá. mas vale si se te rompe la punta esperá a que yo me levante, pero yo quiero darle la sorpresa a mamá cuando se despierte. el barco pintado con el mar y todo. me queda poquito de celeste siempre pinto mares porque papá sabe que me gustan y entonces me dibuja mares y barcos, aunque algunas veces me dibuja una casa con jardín y todo. es más difícil de pintar porque las flores tienen diferentes formas y no se de que color pintarlas. siempre las pinto azules y amarillas y dice papá que hay flores de otros colores, pero acá no yo no vi nunca flores de otro color. en Álamo Seco las flores son azules y amarillas. una vez vi unas flores rojas pero era en un velorio y las había traído la tía de la de Romano. yo cuando las ví me quedé muda. eran unas flores hermosísimas de color rojo brillante como nunca más volví a ver. yo me imaginaba que la tía de la Romano, que tiene el pelo largo y rubio, se ponía de esas flores cuando iba al baile. acá siempre hay baile. ponen un cartel con letras grandes en el negocio de Pedro Gomez, pero mamá nunca quiere ir. a mamá no le gusta bailar, ni contar cuentos, ni tampoco le gusta dibujar. ahora que aprendí a pintar sin salirme, los dibujos me quedan como una pintura. con el rojo parecido al de las flores del velorio le pinto las ventanas al barco. ojalá le guste a mamá. como una sorpresa se lo doy. a veces cuando vuelvo de la escuela paso por la casa de los Rivero, antes vivían en Las Arenas ellos, pero se tuvieron que venir porque allá no tenían casa y ahora viven con la abuela todos juntos y tienen camas en el living. yo las vi por la ventana y a esa hora siempre sale un olorcito a comida y entonces es ahí cuando la veo a mi mamá que me espera en la puerta. que me apure dice que se enfría todo y se mete para adentro y yo me apuro con ganas de abrazarla y ella que me lave las manos y me saque el guardapolvo. a veces me da miedo quedarme sola acá a la hora de la siesta especialmente cuando llueve como ahora, pero prefiero estar acá que estar en la pieza. se escucha el viento y mamá no me deja ir a dormir con ella porque dice que me muevo mucho y además está papá, también, que duerme un ratito y después se va otra vez. ojalá que hoy no pase nada. porque a veces parece como que lloran cuando está papá. desde aquí no puedo escuchar muy bien y yo no se que hacer porque me dicen que me quede acá bien calladita, que para eso me dejan el dibujo para pintar bien calladita. una vez le mentí a mamá. le regalé un dibujo que le dije que lo había hecho yo pero lo calqué en el vidrio de la puerta, aunque ella no se dio cuenta. yo creía que mamá no sabía hacer caricias pero una noche que yo tenía fiebre y estaba un poco dormida me acarició el pelo y a mi me pareció como que me había tocado una mariposa y hasta sentí ese polvito suave de las mariposas. a veces me hago la dormida cuando viene a apagar la luz y entonces otra vez la mariposa que pasa y que me toca el pelo. el lápiz celeste me está quedando chiquitito. tanto mar. tanto mar. yo la quiero a mamá pero ese día de la fiesta que llevé la bandera y lo vi a papá cruzar el patio al lado de la señorita Julia, el corazón me latió fuerte. no se si por la emoción de ser abanderada o porque parecía como si se hubiera cumplido mi sueño y a él también le gustaba la señorita Julia. mamá no había podido ir porque estaba enferma y papá llego tarde pero igual me pudo ver con la bandera. yo quería que el tiempo no pasara. la señorita Julia me dio la mano y me llevó hasta donde estaba papá. tiene que estar orgulloso de su hija y yo le apretaba fuerte la mano a la señorita Julia y le miraba el pelo y quería que papá también se lo mirara. ese pelo largo, negro y brillante. no como este lápiz negro. como de un color negro luminoso. me está quedando más lindo que el de ayer este dibujo. yo pensaba por qué papá no tendrá mi altura. desde abajo se le ven bien las pestañas tan largas, como de una muñeca, los labios gruesos y brillantes también como este lápiz rosa pero con perfume. una tarde la vi comprarse ese perfume en el negocio de Pedro Gomez. una vez le pregunté a papá si a mi me podían gustar las nenas y el se puso serio, tan serio que me dio miedo y me dijo que no, que me tenían que gustar los nenes. entonces yo no dije más nada. pero a mí me gusta la señorita Julia. es hermosa como el mar. y me gusta que me cuide. que me dé la mano y me lea cuentos. un día la señorita Julia me peinó porque se me había salido la hebilla y a mí me encantó. tiene las manos suaves y las uñas pintadas de rojo como yo pinté las ventanitas. ya se va a levantar mamá. le voy a escribir mamá querida, en el dibujo. justo aquí en el cartel donde va el nombre del barco: ma-má-que-ri-da.

domingo

vicenta lombardo, modista


Siempre se equivocan en esas cosas. Claro para ellos no son cosas importantes. Escribieron veinte horas y treinta minutos con letra de imprenta y bien grande como afirmando una verdad irrefutable. Les dije bien, me preguntaron dos veces y se los repetí: veinte horas apenas pasaditas, si yo miré el reloj, fue como un acto reflejo, como si supiera que en algún momento me lo iban a preguntar. Y me lo preguntaron varias veces en el velatorio y después en el cementerio ¿A que hora fue? Yo contesté siempre lo mismo no pude haberme equivocado después. Me puse un poco nerviosa cuando vi que rompían el documento de identidad ¿Quiere la foto? me dijeron y a mí me corrió un escalofrío, no tenía una sola foto suya, no tenía una sola foto con él, nada que atestiguara nuestra vida juntos. Nada que certificara ni siquiera que alguna vez nos habíamos conocido. Otra vez se me cortó el hilo. Viene cada vez peor ya le dije a la nueva, esa que ahora atiende en lo de Pedro, no es el mismo hilo de siempre y ella que sí, que es el mismo. Es la misma marca, dice ella, pero para mí no es el mismo. Que me va a decir a mí, hace casi cincuenta años que coso, toda la vida prácticamente. Que sabe esa mocosa. Cuando despegaban la foto con cuidado para que no se rompiera pensé que al fin iba a poder tenerlo definitivamente para mi, ese pequeño recuadro en blanco y negro, con su traje de ir a los bailes, como asomado a una ventana. Pero aunque es en blanco y negro me acuerdo perfectamente bien del color de esa corbata: era azul con lunares blancos y el le tenía un afecto especial. Yo me daba cuenta: era la que elegía siempre para ocasiones importantes. Aquella tarde que lo ví asomado a mi ventana, golpeando las manos con fuerza, como temiendo no encontrarme, también tenía la corbata azul con lunares blancos y cuando salí y ví la valija a su lado supe que venía para quedarse. Supe que al fin iba a poder verlo cada día. Respirarlo. Olerlo. Dedicarme totalmente a él. Sé que todos en este pueblo me criticaron por recibirlo en mi casa. Por aceptar a pesar de todo que viviera conmigo. No sólo me criticaron sino que hasta las pocas amigas que tenía me dejaron definitivamente sola ¿No te das cuenta Vicenta?, me decían. La única que me comprendía era Chichita pero tuvo que irse del pueblo cuando la trasladaron como directora a la escuela de Monte Verde. Las otras, todas me dieron vuelta la cara. Hasta dejaron de saludarme cuando me veían por ahí. Vienen sólo cuando me necesitan. Nadie les conoce el cuerpo como yo. No hay una sola modista en todo el pueblo que sea prolija como yo, ellas lo saben. Y además cobro barato. Cuando ya no necesité trabajar para vivir, seguí igual porque no sabía que hacer, no imaginaba la vida sin coser. Siempre se me termina el hilo cuando falta tan poquito. Con lo que me cuesta cambiar el carretel. Eso nunca pude hacer que fuera fácil a pesar de tantos años. El me decía siempre ¿Por qué no cambias la máquina? Decía que hay unas que hacen todo sin que una haga nada, hasta cambian el hilo solas. Pero yo quiero mucho esta máquina, no la cambié antes, menos ahora. Estoy tan acostumbrada, es como una vieja amiga. Cuando lo ví parado ahí detrás de la ventana sentí que ya había vivido esa escena otras veces. La tomé con naturalidad, como si recién se hubiera ido y volvía de uno de sus viajes. Es que tantas veces lo desee, lo soñé, lo imaginé. Y fue como lo había imaginado: El no dijo una palabra. Ni un beso me dio. Simplemente entró y acomodó sus cosas. Preparé la cena y comimos en silencio. Después se fue derecho al cuarto de huéspedes. Y así fue noche tras noche. A veces salía por las noches y yo no me dormía hasta que lo escuchaba entrar. Fue como un pacto que acepté a expensas de mi humillación. Pero era importante sentir que, finalmente, aún a su pesar, dependía para siempre de mí. Una vez Olga me dijo que le daba vergüenza ser mi amiga, que cómo con lo que me había hecho. Todo comprado, la fiesta preparada, el vestido de novia, los invitados, ese día fatal en que todos me miraban sin mirarme en la iglesia, esperándolo. En el salón las flores que habían traido especialmente de Stevenson porque acá no crecen los azhares, la torta de tres pisos, los muñequitos de mazapán vestidos de novios en el ultimo piso y él que no llegaba. Nunca llegó. Me parece que a esta falda voy a tener que hacerle dos pespuntes así no se abren las tablas, queda tan mal cuando una camina y se abren parece un velador. Sí dos pespuntes, total ni se nota, conseguí este hilo que es el color exacto de la tela. Todo el pueblo habló de mí. Fui el centro de la lástima y la burla por varios años. Los padres les contaban a sus hijos. Los abuelos a sus nietos. Me acuerdo una vez que era mi cumpleaños y sonó el teléfono, se escuchaban risas y después la música. Era un tango: "...pobre solterona te has quedado sin ilusión sin fe...”se me hizo un nudo en la garganta, pero lo escuché todo y lo canté en voz baja. "...en la soledad de tu pieza de soltera esta el dolor, triste realidad es el fin de tu jornada sin amor...” Me fui quedando sola. Sólo venían por algún vestido, cada vez que había una fiesta. Con el tiempo comencé a sentir que se habían olvidado de mí y de mi desdicha. Nunca nadie dijo más nada. O al menos yo no escuchaba más nada. No sé si porque ya no me dolía o porque me había acostumbrado al dolor. Me acuerdo esa vez que el corazón me dió un vuelco cuando Chichita, que por su trabajo andaba por los pueblos vecinos, me contó que lo había visto en Las Arenas, dijo que él apuró el paso haciendo como que no la vió. Estuve varios días ilusionada, miraba la ventana a cada rato. Me parecía que lo iba a ver aparecer en cualquier momento. Nunca había jugado a nada yo. Mi papá me decía siempre, jugá un numerito Vicenta, vas a ver que vas a tener suerte, en una de esas te podés dedicar a la alta costura o te pones un tallercito con gente que trabaje para vos. Ese día ví por la ventana que pasó el chico que vendía billetes de lotería, lo llamé porque siempre pasaba de largo por mi casa. Así pasó lo que pasó y otra vez volví a ser noticia en el pueblo. Hasta vinieron a hacerme un reportaje del diario de Las Arenas: “Modista de Álamo Seco ganó el premio mayor de la lotería de La Pampa” y pusieron una foto mía. Todavía tengo el recorte guardado como un tesoro. La verdad yo no usaría una falda como esta, de este color y menos con tablas. Ensancha mucho las caderas pero yo no puedo opinar nada estoy para coser nada más. Otra vez este hilo que se corta, mañana le voy a cantar unas cuantas a esa mocosa de la tienda.Siempre lo mismo con el hilo, se piensa que una es tonta. Una semana después de que la noticia saliera en el diario de Las Arenas, comenzó a sonar el teléfono. Pero cuando atendía no decían nada. Se escuchaba una respiración y cortaban. Yo sabía que era él. Sabía que lo iba a ver paradito detrás de la ventana como lo ví esa tarde con su corbata azul con lunares blancos. Voy a sacar la foto de acá. Prefiero no verla todos los días. Mejor la guardo con el recorte del diario de Las Arenas. Le puse la corbata azul con lunares blancos. Podría habérmela quedado pero creo que hice bien. Le gustaba tanto. Total tengo la foto. No quise tener nada suyo. Hace unos días regalé su ropa y algunas cosas más. Lo único que quise conservar es ese cartelito de madera en el frente de mi casa, lo pintó él con letra redonda y clara: Vicenta Lombardo, modista.

miércoles

mundo felíz


A la salida de la escuela vi que estaban armando el parque. Ya habían preparado el cerco de chapa de colores radiantes. Y el cartel que decía mun-do-fe-líz y que a la noche se prendía y se apagaba una y otra vez. También colgaban de los postes los cables para poner las lucecitas. Había de varios colores: rojo, azul, amarillo y verde. El cerco se arma con rombos de chapa de color azul y rojo, de día parecen gastados, pero de noche brillan como nuevos. A mí el corazón empezó a latirme fuerte. No pensé que fueran a volver tan pronto, si apenas comenzaban los días de calor. Todavía falta una semana para que terminen las clases. No me van a dejar venir. Ojalá se queden todo el verano y no como esa vez que sólo se quedaron un mes. Ojalá no llueva tanto y si llueve que a la noche salgan las estrellas y se seque todo rápido. Son los mismos del año pasado. Tres hombres altos. Los cuerpos musculosos. Están poniendo la vuelta al mundo. Desnudos en la parte de arriba. Les caen las gotitas de transpiración sobre la frente y en todo el cuerpo. Algunas caen sobre la vuelta al mundo. Brillan con el reflejo del sol como diamantes. Uno es el más alto y se nota que tiene mucha fuerza. Me parece que es el que da la sortija en la calesita. Me mira y se ríe. Es el mismo que vino el año pasado. Tiene una cadena gruesa con una cruz colgando del cuello y los ojos claros. Me dijo mi mamá que los gitanos son malos, que se roban los chicos y eligen los que están bien vestidos. Son gitanos los del parque, dijo mi mamá y mi papá ¿qué tiene que ver si son gitanos? Tienen un parque de diversiones ¿Por que son gitanos no la voy a dejar ir? En la escuela yo había estado pensando en el parque, siempre vienen después de que terminan las clases, después de navidad, pero ahora parece que se adelantaron. Mi mamá me dijo que no me acercara mucho cuando estuviera sola, dice que los gitanos tienen una bolsa grande donde meten a los chicos. Salen a pasear por el pueblo con la bolsa grande para disimular, pero adentro están los chicos que no dicen nada porque tienen miedo. Yo nunca vi a los del parque con una bolsa grande. A lo mejor no son gitanos. La señorita Julia hoy me retó en el ensayo porque no me salía el baile para fin de año. Tenemos que levantar la pierna todos en el mismo momento y a mí no me sale, siempre la levanto antes o después. No sé como voy a hacer el día de la fiesta. Es que también eso me pasó hoy porque estaba pensando en el parque, más que nada en la calesita, ya descubrí que desde el caballo blanco puedo sacar más veces la sortija. Cuando doy vueltas en la calesita yo lo veo a mi papá multiplicado por muchos, tiene muchas caras y si entrecierro los ojos es muchas veces mi papá. A veces me mareo y lo busco en un lugar donde no está, entonces él me llama y ahí me doy cuenta de que papi está del otro lado, pero yo lo veo en todas partes. Desde la calesita se ve todo como en una película, yo a veces juego a que mi papá se muere y entonces lo veo multiplicado como en mil espejos y esa música de la calesita que es tan triste y a mí me dan ganas de llorar, entonces abro bien los ojos y lo veo que me saluda y me muestra un copo de azúcar blanco y gigante que acaba de comprarme y ahí es cuando quiero saltar de la calesita para darle un abrazo. Todos los días cuando voy a la escuela miro el terreno baldío donde arman el parque los veranos. Después que ellos se van comienza a crecer la maleza. Arbustos y yuyos por todo el terreno. Enredados como el pelo de mi muñeca Pepa, que era de mi mamá cuando era chica, a la que jamás pude desenredarle el pelo. Cada vez que lo intento me quedo con un pedazo de pelo y la pobre Pepa casi pelada. A veces, durante el invierno cuando llueve mucho el terreno se inunda y algunos chicos se animan a cruzarlo con las botas de agua y se ensucian el guardapolvo blanco con manchas de barro que tardan en irse por más que los guardapolvos se laven una y otra vez. Cuando estamos formados para izar la bandera yo miro las manchitas de barro y algunas tienen la forma de las lamparitas que iluminan el parque, si las miro fijo se ve todo del color de la lamparitas, los juegos, las personas, el cielo, todo rojo, amarillo, azul y verde. Si miro fijo las manchitas de barro de repente se vuelve todo marrón, hasta la bandera. Todo el día pensando en el parque. Debe ser por eso que cuando salí de la escuela y los vi tuve la sensación de que ya sabía que los iba a ver. Habían limpiado el terreno. Hacían todo tan rápido. Parecía magia. Papá me dijo que si deseo algo con mucha fuerza se cumple, yo había deseado esto con mucha fuerza todo este tiempo. Mamá dice que no tengo que volar tanto, que tengo que pensar más en la escuela y más que nada en la fiesta de fin de año, si no me van a sacar del baile, porque la señorita Julia ya le dijo que yo no puedo levantar la pierna en el momento justo. Siempre me dice mamá que no hay que volar tanto con la imaginación ni ilusionarse mucho porque tengo que saber que, a veces, las cosas salen mal y hay gente mala que un día me va a hacer caer de las estrellas y el golpe va a ser muy duro. Mamá llora siempre y papá le dice que la termine. Que lo que pasó, pasó. Que ya no tiene remedio, ahora. Y mamá le dice yo no sé como podés hablar así. Y papá se va y no vuelve hasta la noche o algunas veces hasta el otro día. Yo me gané el primer premio del concurso de dibujo que organizaron en la iglesia. Dibujé el parque completo, con la calesita, la vuelta al mundo, los botes, los puestos de juegos donde iban los grandes: la rueda de la fortuna, el tumbalatas, la pesca, los aros y el juego de los cuchillos que era sólo para hombres. Dibujé todo, lo tenía en mi cabeza y me salía como por arte de magia. Tuve que usar tres hojas en blanco que papá unió con plasticola para que entrara todo, el tendido de luces de colores, la luna y las estrellas. También dibujé la gente, el señor de la sortija de ojos claros, también me dibujé a mí y mi papá con el copo de azúcar en la mano.




Las clases terminaron hace unos días. Yo me equivoqué en la fiesta de fin de año, pero papi dijo que no se notó tanto. Hace más o menos una hora que se escucha la música. A mí me parece que estoy adentro de una película. Todo comienza al atardecer. A la hora en que el camión regador pasa por la puerta de mi casa. A mí me gusta mirarlo desde atrás. El agua que aparece por los costados como si dos enormes regaderas se abrieran de repente. Y las calles quedan lisitas. De color marrón oscuro. Con pocitos salpicados de donde sale olor a tierra mojada. El olor del atardecer. A mí me dio mucha vergüenza que me saliera mal el baile de fin de año. Pero papá me aplaudía y me levantó el pulgar entonces se me pasaron las ganas de llorar ¿me vas a dejar ir al parque aunque no pude levantar la pierna justo a tiempo? Las luces del pueblo se empiezan a encender de a poquito una por una. Las lucecitas del parque se encienden todas juntas, de una sola vez. Y apenas se encienden se escucha la música. Y ahí es cuando me parece que estoy adentro de una película. Mamá me pone el vestido con flores azules o el otro rosado con flores blancas y me peina como una muñeca. Papá dice que parezco una princesa. Anoche mamá decía fue mi culpa. No puedo seguir así. No es lo mismo, nada es lo mismo. Y lloraba y lloraba y papá la abrazó. Desde la esquina de casa se ve la vuelta al mundo. Las luces brillantes de colores fuertes. Y la vuelta al mundo que rueda y rueda. Al rato aparecen las primeras estrellas. Y las luciérnagas que a veces me parecen estrellas. La señorita Julia pasa por la otra vereda y a mí me parece que también está adentro de una película porque se sacó el guardapolvo y tiene los labios muy pintados y unos zapatos altísimos. Y aparece luna redonda, enorme a un costado del cielo. Rellena de dibujos que si los miro fijo dejan de ser misteriosos. Una vez vi adentro de la luna a Totó que un día desapareció y papá me dijo que se había ido a vivir con un perro callejero que pasó a buscarlo una noche de tormenta. Y la música que se escucha cada vez más alta porque a medida que se hace de noche también se hace el silencio y sólo se escucha el canto de los grillos y la música del parque. Durante el día había pasado el camioncito con parlantes grandes de dónde salía música y una voz latosa que decía que esta noche te podés ganar un oso gigante y el oso sentado en la parte de arriba del camión parecía que tocaba el cielo de lo grande que es. Tenés que comer algo antes de ir, dice mamá y a mí se me cierra el estómago de lo fuerte que me late el corazón. Papá me lleva de la mano y a medida que nos acercamos se escucha más alta la música y la vuelta al mundo que se ve chiquitita desde mi casa ahora es muy grande, inalcanzable y a mí me parece que toca alguna estrella. Mun-do-fe-liz titila el cartel y aunque las lucecitas de la e y la i no funcionan yo sé que dice mun-do-fe-liz porque lo leí a la salida de la escuela cuando era de día. Hay mucha gente. Algunos que conozco y otros que no. Los que conozco no tienen la ropa de todos los días. También parecen dentro de una película. Como si fuera la primera vez que los veo. Papi me sube al caballo blanco y el señor de ojos claros, que parece ser el único que no está dentro de una película porque siempre usa la misma ropa, me alcanza la sortija y papá sonríe y yo empiezo a verlo multiplicado por mil. Pero no es mi papá. Es un hombre parecido que tiene un copo de azúcar blanco en la mano. Y de pronto estoy en sus brazos. Podés dar todas las vueltas que quieras dijo papá. Voy a ver a mamá que no está bien y ya vengo a buscarte. El hombre parecido a papá pero con otra ropa me lleva de la mano hasta una camioneta azul, brillante y nueva. Yo veo que otra nena se subió a mi caballo blanco. Y la calesita que no para más porque la canción no se termina. A mí se me pega el azúcar en la cara de lo grande que es el copo. Te llevo a tu casa dice el hombre de la camioneta azul y me limpia con la mano el azúcar de la cara. Yo nunca había visto de noche la arboleda de la salida de la escuela. Mejor esperamos en este lugar hasta que termines de comer. De acá podés ver bien el parque. Y es verdad, desde la ventanilla de la camioneta se parece más a una película todavía. Sacate las sandalias, así podés apoyar los pies en el asiento. De acá ves todo mejor, mucho mejor.
Veo el cielo. La luna enorme. La vuelta al mundo que toca las estrellas. Y el cartel que titila con la e y la i que no funcionan, pero que yo sé que dice mun-do-fe-liz.