" ¿Qué estoy haciendo al escribirte? Estoy intentando fotografiar el perfume" Clarice Lispector






domingo

vicenta lombardo, modista


Siempre se equivocan en esas cosas. Claro para ellos no son cosas importantes. Escribieron veinte horas y treinta minutos con letra de imprenta y bien grande como afirmando una verdad irrefutable. Les dije bien, me preguntaron dos veces y se los repetí: veinte horas apenas pasaditas, si yo miré el reloj, fue como un acto reflejo, como si supiera que en algún momento me lo iban a preguntar. Y me lo preguntaron varias veces en el velatorio y después en el cementerio ¿A que hora fue? Yo contesté siempre lo mismo no pude haberme equivocado después. Me puse un poco nerviosa cuando vi que rompían el documento de identidad ¿Quiere la foto? me dijeron y a mí me corrió un escalofrío, no tenía una sola foto suya, no tenía una sola foto con él, nada que atestiguara nuestra vida juntos. Nada que certificara ni siquiera que alguna vez nos habíamos conocido. Otra vez se me cortó el hilo. Viene cada vez peor ya le dije a la nueva, esa que ahora atiende en lo de Pedro, no es el mismo hilo de siempre y ella que sí, que es el mismo. Es la misma marca, dice ella, pero para mí no es el mismo. Que me va a decir a mí, hace casi cincuenta años que coso, toda la vida prácticamente. Que sabe esa mocosa. Cuando despegaban la foto con cuidado para que no se rompiera pensé que al fin iba a poder tenerlo definitivamente para mi, ese pequeño recuadro en blanco y negro, con su traje de ir a los bailes, como asomado a una ventana. Pero aunque es en blanco y negro me acuerdo perfectamente bien del color de esa corbata: era azul con lunares blancos y el le tenía un afecto especial. Yo me daba cuenta: era la que elegía siempre para ocasiones importantes. Aquella tarde que lo ví asomado a mi ventana, golpeando las manos con fuerza, como temiendo no encontrarme, también tenía la corbata azul con lunares blancos y cuando salí y ví la valija a su lado supe que venía para quedarse. Supe que al fin iba a poder verlo cada día. Respirarlo. Olerlo. Dedicarme totalmente a él. Sé que todos en este pueblo me criticaron por recibirlo en mi casa. Por aceptar a pesar de todo que viviera conmigo. No sólo me criticaron sino que hasta las pocas amigas que tenía me dejaron definitivamente sola ¿No te das cuenta Vicenta?, me decían. La única que me comprendía era Chichita pero tuvo que irse del pueblo cuando la trasladaron como directora a la escuela de Monte Verde. Las otras, todas me dieron vuelta la cara. Hasta dejaron de saludarme cuando me veían por ahí. Vienen sólo cuando me necesitan. Nadie les conoce el cuerpo como yo. No hay una sola modista en todo el pueblo que sea prolija como yo, ellas lo saben. Y además cobro barato. Cuando ya no necesité trabajar para vivir, seguí igual porque no sabía que hacer, no imaginaba la vida sin coser. Siempre se me termina el hilo cuando falta tan poquito. Con lo que me cuesta cambiar el carretel. Eso nunca pude hacer que fuera fácil a pesar de tantos años. El me decía siempre ¿Por qué no cambias la máquina? Decía que hay unas que hacen todo sin que una haga nada, hasta cambian el hilo solas. Pero yo quiero mucho esta máquina, no la cambié antes, menos ahora. Estoy tan acostumbrada, es como una vieja amiga. Cuando lo ví parado ahí detrás de la ventana sentí que ya había vivido esa escena otras veces. La tomé con naturalidad, como si recién se hubiera ido y volvía de uno de sus viajes. Es que tantas veces lo desee, lo soñé, lo imaginé. Y fue como lo había imaginado: El no dijo una palabra. Ni un beso me dio. Simplemente entró y acomodó sus cosas. Preparé la cena y comimos en silencio. Después se fue derecho al cuarto de huéspedes. Y así fue noche tras noche. A veces salía por las noches y yo no me dormía hasta que lo escuchaba entrar. Fue como un pacto que acepté a expensas de mi humillación. Pero era importante sentir que, finalmente, aún a su pesar, dependía para siempre de mí. Una vez Olga me dijo que le daba vergüenza ser mi amiga, que cómo con lo que me había hecho. Todo comprado, la fiesta preparada, el vestido de novia, los invitados, ese día fatal en que todos me miraban sin mirarme en la iglesia, esperándolo. En el salón las flores que habían traido especialmente de Stevenson porque acá no crecen los azhares, la torta de tres pisos, los muñequitos de mazapán vestidos de novios en el ultimo piso y él que no llegaba. Nunca llegó. Me parece que a esta falda voy a tener que hacerle dos pespuntes así no se abren las tablas, queda tan mal cuando una camina y se abren parece un velador. Sí dos pespuntes, total ni se nota, conseguí este hilo que es el color exacto de la tela. Todo el pueblo habló de mí. Fui el centro de la lástima y la burla por varios años. Los padres les contaban a sus hijos. Los abuelos a sus nietos. Me acuerdo una vez que era mi cumpleaños y sonó el teléfono, se escuchaban risas y después la música. Era un tango: "...pobre solterona te has quedado sin ilusión sin fe...”se me hizo un nudo en la garganta, pero lo escuché todo y lo canté en voz baja. "...en la soledad de tu pieza de soltera esta el dolor, triste realidad es el fin de tu jornada sin amor...” Me fui quedando sola. Sólo venían por algún vestido, cada vez que había una fiesta. Con el tiempo comencé a sentir que se habían olvidado de mí y de mi desdicha. Nunca nadie dijo más nada. O al menos yo no escuchaba más nada. No sé si porque ya no me dolía o porque me había acostumbrado al dolor. Me acuerdo esa vez que el corazón me dió un vuelco cuando Chichita, que por su trabajo andaba por los pueblos vecinos, me contó que lo había visto en Las Arenas, dijo que él apuró el paso haciendo como que no la vió. Estuve varios días ilusionada, miraba la ventana a cada rato. Me parecía que lo iba a ver aparecer en cualquier momento. Nunca había jugado a nada yo. Mi papá me decía siempre, jugá un numerito Vicenta, vas a ver que vas a tener suerte, en una de esas te podés dedicar a la alta costura o te pones un tallercito con gente que trabaje para vos. Ese día ví por la ventana que pasó el chico que vendía billetes de lotería, lo llamé porque siempre pasaba de largo por mi casa. Así pasó lo que pasó y otra vez volví a ser noticia en el pueblo. Hasta vinieron a hacerme un reportaje del diario de Las Arenas: “Modista de Álamo Seco ganó el premio mayor de la lotería de La Pampa” y pusieron una foto mía. Todavía tengo el recorte guardado como un tesoro. La verdad yo no usaría una falda como esta, de este color y menos con tablas. Ensancha mucho las caderas pero yo no puedo opinar nada estoy para coser nada más. Otra vez este hilo que se corta, mañana le voy a cantar unas cuantas a esa mocosa de la tienda.Siempre lo mismo con el hilo, se piensa que una es tonta. Una semana después de que la noticia saliera en el diario de Las Arenas, comenzó a sonar el teléfono. Pero cuando atendía no decían nada. Se escuchaba una respiración y cortaban. Yo sabía que era él. Sabía que lo iba a ver paradito detrás de la ventana como lo ví esa tarde con su corbata azul con lunares blancos. Voy a sacar la foto de acá. Prefiero no verla todos los días. Mejor la guardo con el recorte del diario de Las Arenas. Le puse la corbata azul con lunares blancos. Podría habérmela quedado pero creo que hice bien. Le gustaba tanto. Total tengo la foto. No quise tener nada suyo. Hace unos días regalé su ropa y algunas cosas más. Lo único que quise conservar es ese cartelito de madera en el frente de mi casa, lo pintó él con letra redonda y clara: Vicenta Lombardo, modista.